Reflexiones del derrumbe de la conversación pública en la Argentina actual
<p>Buenos Aires, 6 octubre (NA) -- Por estos días, la palabra “sorete” parece haberse convertido en una moneda corriente dentro del discurso político, empresarial y de las redes sociales, y lo que antes pertenecía al ámbito de la conversación vulgar o de la bronca privada, hoy circula sin filtros en declaraciones públicas, entrevistas, publicaciones digitales y hasta en intercambios entre dirigentes que deberían representar ejemplos de convivencia democrática. Desde la perspectiva de la etimología, "sorete" es una palabra del español rioplatense que se usa para hacer referencia a un tipo de excremento sólido; su origen no está del todo claro en los importantes diccionarios etimológicos tradicionales, aunque su empleo en el habla cotidiana de Argentina (y Uruguay) ha estado presente durante varias décadas, pero con el paso del tiempo, el término ha evolucionado pasando de designar solamente un objeto físico a convertirse en un insulto moral, entonces llamar a alguien "sorete" implica considerarlo una mala persona, alguien despreciable, egoísta o poco confiable. Tal es así que, a lo largo de la historia, muchas lenguas han utilizado referencias a desechos, suciedad o impureza para expresar rechazo hacia conductas humanas. Ahora bien, cuando este recurso se instala en el lenguaje público, aparece una cuestión más relevante que la lingüística y es la calidad de nuestra comunicación. La política actual parece enfrentar una crisis en sus formas; ya no es suficiente con debatir ideas porque frecuentemente hoy se intenta aniquilar al oponente. En este escenario, el insulto se convierte en un camino fácil para expresar emociones, siendo que es más sencillo tildar a un oponente o enemigo de "sorete" que explicar por qué sus propuestas son incorrectas, resultando más simple categorizar que evidenciar. Una situación similar se observa en el ámbito empresarial - puertas adentro - cuando se acusa a los competidores de comportamientos deshonestos, de monopolizar sectores o de dañar a otros, existe una fuerte tentación de recurrir a la agresión verbal, perdiendo obviamente solidez argumentativa. Hoy las redes sociales han potenciado este fenómeno a niveles nunca vistos, incluso manipulando a la Inteligencia Artificial para convertirla públicamente en Bullying hacia el otro, en donde la rapidez para publicar, el anonimato en cierto grado y la constante búsqueda de impacto, fomentan la retórica excesiva. Conclusión: se habla mucho, se reflexiona poco y se medita aún menos; y bien sabemos que la verborragia no es comunicación. Comunicar implica construir puentes; la verborragia suele levantar muros. La diferencia parece mínima, pero es enorme ya que mientras la comunicación procura transmitir ideas, la verborragia busca descargar emociones y cuando el enojo reemplaza al razonamiento, el lenguaje pierde precisión y gana agresividad. PREGUNTA INEVITABLE: ¿QUÉ LUGAR OCUPA LA EDUCACIÓN? Las instituciones educativas no solo imparten conocimientos sobre gramática o literatura, también enseñan a convivir, indican que las palabras generan efectos, muestran que la libertad de expresión es uno de los cimientos esenciales de una sociedad democrática, aunque también que esa libertad implica tener responsabilidades. La libertad de expresión permite disentir, el libertinaje verbal pretende humillar. La libertad de expresión fortalece el debate, el libertinaje verbal lo degrada. La libertad de expresión defiende el derecho a pensar distinto, pero el libertinaje verbal intenta silenciar mediante el agravio. Cada lengua tiene variantes populares, informales e incluso groseras, pero la dificultad surge cuando esas formas de hablar ocupan el lugar de las ideas, cuando el desprecio toma el sitio que debería corresponder al razonamiento. Paradójicamente, la mejor respuesta a la palabra "sorete" podría encontrarse en sus antónimos simbólicos. Frente al desprecio, respeto; frente a la degradación, dignidad; frente a la ofensa, cordialidad; frente a la agresión, templanza; frente al odio, empatía; frente al insulto, argumento y frente a la descalificación, diálogo. El reto es recuperar el significado de usar bien las palabras, porque la calidad de una democracia no solo se evalúa por las leyes que se promulgan o por las elecciones que se realizan, también se evalúa por la forma en que los ciudadanos, los líderes y los modelos sociales se comunican entre ellos. Cuando una sociedad acepta que el debate público se limite a calificar al otro como un "sorete", corre el peligro de olvidar una verdad fundamental que radica en que las palabras que elegimos terminan por dar forma a la comunidad que construimos. Afortunadamente, el futuro aún puede ser escrito con diferentes palabras, con respeto, con responsabilidad, con inteligencia y, sobre todo, con esperanza. Agencia NA</p>







